VIVIR LA VIDA

Escuchar al Toubab es sinónimo de viaje, ese en el que nos ha embarcado la música, ese que escogí a mis veintipocos años y del que no me arrepiento en ningún instante, con sus alegrías y desvelos, con las partidas y los sueños, con sus primaveras y también con sus inviernos; cómo no querer seguir viajando si gracias a ella he conocido al artista y también al ser humano.  Su arte invita a esas almas que quieren navegar entre letras, que van tejiendo historias, como las que él vivió en este lado del charco, lleno de cordilleras y colores, de paisajes, kilómetros y canciones.

 No puedo negar la emoción que me dio saber que haría lo que muchos no se atreven: solamente con su guitarra recorrería la imponente carretera Panamericana, desde Lima hasta mi natal Bogotá, explorando, escribiendo, viviendo y dándolo todo arriba y abajo del escenario, cantando para quienes buscan un aliciente entre el caos de una ciudad o tras las frías rejas de una cárcel.

Conocerlo en mi amada Colombia y poder llamarlo hoy en día hermano es de esas cosas que te llenan y te recuerdan que lo bonito de dedicarse a este oficio no es la fama o el dinero, sino los amigos que vas haciendo y el arte que vas compartiendo; las sonrisas que se van dibujando en los rostros de aquellos que han comprendido que debemos aprender a vivir antes que se nos pase la vida.

Nuestro lugar de encuentro fue una terminal y al vernos parecía que nos conocíamos de años, le mostré los trancones de mi ciudad, las montañas que la rodean, la histórica Candelaria con sus colores y calles empedradas y también el ajetreo de ir de aquí para allá, pero las risas siempre acompañaron nuestros recorridos llenando la mochila de arte y de sueños.

Esta travesía por Ecuador, Perú y Colombia se ve reflejada en sus diez canciones, cada una desvistiendo lentamente el ser que nos incita a caminar con libertad y a buscarle sentido a los días, que aunque parezca fácil no lo es. Escritas en países distintos pero entrelazadas por el amor a esos lugares, derribando los muros y suscitando a ser ciudadanos del mundo; es aquí donde no sólo es importante entender a las personas sino también sentirlas y es lo que el Toubab hace con su guitarra y su voz dejando su huella en cada vida que tocó, inmortalizando relatos siempre acompañado por el Rock n Roll.

Brindo desde dónde hoy me encuentro escribiendo estas líneas, de Buenos Aires al mundo, por el amor a deshoras, por los tequilas que sobran, por los besos que no encuentran dueño y por ¡vivir la vida! Sin más disfrútenlo y recuerden que sin risas no hay rocknroll.

 Paquita, directora de Rock Líquido

  

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